Vivieron felices por siempre… y luego se casaron.

La semana pasada fue la boda de dos señores de más de cincuenta a quienes profeso admiración y cariño: Iula y Came. Después de treinta y cuatro años de vivir juntos, dos hijos y mucho planearlo, se casaron. Su práctica fue contraria a la teoría de los convencionalismos sociales que dictan que la base de toda buena familia es el matrimonio. Ellos lo hicieron al revés y les salió a la perfección.

Fueron a la misma universidad y el destino quiso que nunca se vieran. Se conocieron en el trabajo, por allá de la década de los 70′s y desde ahí se volvieron inseparables a pesar de sus personalidades en extremo opuestas. Ella era una muchaha introvertida; él -en palabras de sus cuñadas-, un motociclista desarrapado. Un acierto más para la ley de los polos.

La fiesta fue algo sencillo; no hubo salón, ni un gran vestido, ni limosina para la novia y mucho menos arreglitos kitsch. Bien se puede prescindir de la parafernalia de unicel cuando se tienen treinta años de anécdotas. Los ojos de Iula brillaban y las manos de Came estaban temblorosas por los nervios. Volvieron a tener veinte.

La canción de la noche fue Unchained Melody, soundtrack de la película favorita de Iula y también de toda su historia, que de las de amor, es la que más me gusta. Los miraba bailar y no pude evitar la idea de que, dentro de algún tiempo, serán como los viejitos neoyorkinos imaginados por Joshua Marston.

Iula y Came le devuelven a cualquiera la fe en las cuestiones amorosas. Incluso a alguien como yo, con fama de desaparecer de la vida de quien me propone matrimonio. Desaparición que no se traduce en presunción, mucho menos vanagloria. Es más bien pánico. Por un lado, al compromiso y a lo que vendrá si dejo de lado ese apego egoísta que existe entre las comodidades de la soltería y yo; por el otro, ese terror que le entra a una cuando la mente se pone a maquinar todas las situaciones indeseables dentro de una relación formal.

Abandonar esos miedos y dejar de ser prioridad cada uno en su vida para convertirse en la del otro. Ésa es su definición de amor y vaya que les ha dado resultado.

 


El placer de llamarse Carolina

Mi mamá es una mujer que no se distingue por los arrebatos. Al contrario de mí, cada decisión en su vida ha sido cuidadosamente estudiada hasta elegir el mejor camino. Es por eso que sorprendió a toda mi familia cuando hace poco más de 22 años, a unos cuantos días de mi alumbramiento, repentinamente y con toda seguridad dispuso cambiar Valentina (el nombre que había escogido para mí desde que ella era una niña y yo una muñeca de trapo) por Carolina.

Con el título en Letras que posee mi madre, la razón no podía ser otra: así se llamaba el personaje principal de una novela que ella leía en aquél entonces; después se enteró que el significado del mote germánico era Ángel de la Nieve. Perfecto para su hijita que durante todo el embarazo la había hecho destemplarse los dientes con antojos de nieve de limón, aunado al hecho de que la cesárea que le realizarían estaba programada en una de las semanas más frías de ése invierno de 1988. El ultrasonido no se equivocó y en mi acta de nacimiento, además de marcar el cuadrito correspondiente al sexo femenino, el juez escribió Carolina en el espacio destinado a mi apelativo.

No imagino mi vida llamándome Valentina -o usando cualquier otro nombre-. ¡Qué insulsas hubieran sido las visitas al pediatra sin el clavel que yo llevaba en cada revisión porque el médico me decía al entrar “Carolina, ¿me regalas una flor?”! Mi apócope sería Vale y habría confusión entre la gente que no supiera si mi nombre es Valentina o Valeria, y en mi vida académica hubiera tenido más tocayas que dedos en las manos y los pies. Hasta unos meses antes de terminar la educación básica la única persona de la que tenía conocimiento que también portaba mi nombre era la princesa Carolina de Mónaco (cosa que mis primos adaptaron muy bien para ponerme como apodo “Carolina de Mólango”, haciendo alusión a mi origen provinciano).

Carolina como numen musical o de cómo un hombre me puede conquistar.

Hace poco, mi chico me dio un detallazo: un cd grabado sólo con canciones que llevan mi nombre en el título. Es lindo que después de siete años de relación sigamos regalándonos cosas sólo por que sí y mejor aún porque a sus 33 todavía considera los obsequios de secundaria como la opción más acertada.

Catorce eran los tracks que él había seleccionado (desde Neil Diamond y su indefectible Sweet Caroline hasta Concrete Blonde y una de mis favoritas del Bloodletting: Caroline, pasando por el que da nombre a este blog) y pareciera que cada uno de ellos fue escrito especialmente para mí. Y no hablo solamente del título. Existía un punto en común entre las canciones, insospechado para cualquiera que no sea angloparlante -y que, por supuesto, no se llame Carolina-; Cocteau Twins, The Beach Boys, Matching Mole, y The Elephants no me dejarán mentir.

¿Se imagina usted si me llamara Valentina, qué me hubiera obsequiado el hombre?

Aquí, el playlist que inspiró este post.


A propósito del Día Mundial de la Bicicleta


¡Pero qué bonita, chinga’os!

Mala porque no me quieres,
mala porque no me tocas,
mala porque tienes boca,
mala cuando te conviene.

Mala como la mentira,
el mal aliento y el estreñimiento,
mala como la censura
como rata pelona en la basura.

Mala como la miseria,
como foto de licencia,
mala como firma de Santana,
como pegarle a la nana.

Mala como la triquina,
mala mala y asesina,
mala como las arañas,
mala y con todas las mañas.

Mala como el orden,
la decencia, como la buena conciencia,
mala por donde la miren,
mala como una endodoncia.

Mala como clavo chato,
mala como película checa,
mala como caldo frío,
mala como fin de siglo.

Mala por naturaleza
de los pies a la cabeza
mala mala mala mala
¡pero qué bonita, chinga’os!


Bicitour.

No recuerdo cuándo fue la última vez salí a andar en bicicleta. Habrán pasado unos diez años por lo menos. De niña, aparte de nadar, me encantaba subirme a la bici y recorrer los parques, pedalear a toda velocidad, echar carreritas con mi hermano y sobre todo, sentir el viento en mi cara y alborotando mi cabello; algunas veces aquélla catársis terminó en una caída (aún tengo las cicatrices en mis rodillas) y muchas lágrimas, pero la solución llegó con un kit de rodilleras, coderas y casco que recibí como regalo en una fiesta de cumpleaños.

Sin embargo, con el paso del tiempo fui dejando todo eso de lado, supongo que hay varias razones: por un lado las competencias de natación me absorbieron por completo (después de cuatro horas de arduo entrenamiento diario las únicas ganas que quedan son las de descansar); por el otro, al ir creciendo y ya no poder ir al deportivo, resultaba vergonzoso conformarme con dar vueltas a lo largo de mi calle pues los autos que pasaban en la avenida siempre me intimidaron. Eso aunado a que un trágico día, algún desalmado abrió el sagúan de mi casa y se robó mi hermosa bicicleta. Ya no tuve ninguna otra, no quería otra, después de todo ya no la necesitaba; además siempre habría una de spinning que resultaba más práctica y sin los riesgos que uno corre con los automovilistas. Toda la emoción desapareció… hasta hoy.

Hace poco, entre pláticas alguien me comentó que acostumbraba patinar los domingos en la mañana sobre Reforma y que era la onda. También había ciclistas y gente corriendo. Me invitó y le dije que no. Extrañamente, la sola idea de volver a montar una bicicleta después de tantos años me revolvía el estómago y no quería ni pensar en toda la gente que seguramente iría. Otro punto en contra: domingo en la mañana. Generalmente suelo llegar a dormir el domingo en la mañana y los días que me quedo en casa aprovecho para descansar hasta tarde, así que nadie iba a convencerme de levantarme temprano. Pero como es costumbre en mí, los arrebatos me asaltan de pronto, olvidé todo lo anterior y hoy me dieron ganas de ir a andar en bici sobre Reforma.

Evidentemente no iba a ir sola, así que sonsaqué a mi mejor amigo para que me acompañara. Tomé prestada la bicicleta de mi hermano y la adecué a mi altura. Salimos de mi casa y llegamos hasta el metro Hidalgo en auto, lo estacionamos y bajamos las bicis. Al ver que tenía que cruzar la avenida y los autobuses que circulaban por ahí me dio vértigo, así que llegué caminando a la esquina donde empezaba el cierre a los carros. Me monté en la bicicleta; al principio me costó trabajo controlarla y pensé que todo lo que había aprendido se había esfumado, pero no tardé en empezar a correr. De nuevo apareció esa sensación que estuvo guardada durante años, otra vez la velocidad y el viento en mi cara.

La cantidad de gente era tal cómo yo había calculado, pero muy al contrario de lo que pensaba, cada quién respeta el espacio de los demás. Es genial ver a miles de ciclistas/patinadores/corredores de todas las edades compartiendo un mismo espacio en armonía en un país donde no existe la cultura del deporte y mucho menos, de sustituir los autos por las bicicletas.

Pedaleamos hasta llegar al Ángel y luego de regreso; me desvié hacia Av. Juárez y mi amigo me siguió. A pesar de que he recorrido esa avenida incontables ocasiones, me pareció completamente diferente. Seguimos hasta Madero, dimos vuelta en Bolívar hasta San Jerónimo y luego en Fray Servando. Ahí dejé de saber en dónde estaba hasta que pasamos por la ESEF, el Palacio de los Deportes y el Foro Sol.

Al frenar en un semáforo frente al metro Velódromo, calculé mal la distancia entre la acera y yo, me caí y recordé los raspones de mi niñez y cómo corría a los brazos de mi madre con los ojos llorosos y las rodillas sangrando en busca de un abrazo; pero esta vez no lloré, recogí la bicicleta, me volví a subir y seguí en el camino. En un abrir y cerrar de ojos estábamos dentro del Circuito Interior, ahora llamado Bicentenario y después de una hora más o menos, llegamos a Tlalpan. Lo supe cuando vi de lejos el CeNArt. Lo más difícil de todo fueron las subidas de los pasos a desnivel y los puentes del circuito, pues aunque mi condición es buena no es suficiente para poder llegar pedaleando. La batería de mi MP3 se terminó casi enfrente de la Cineteca a la par de que la cadena de mi bicicleta se aflojó, aunque mi amigo no tardó en repararla.

Bajamos por Constituyentes y volvieron los semáforos. Vuelta en Patriotismo. Pasé por enfrente de aquél lugar en el que pasé momentos extraordinarios que no se dejan enterrar. Mi amigo se había rezagado, así que me detuve en el kilómetro 29 enfrente de un letrero en LED’s que decía “Laura, te amo. Feliz 14 de febrero”; Cursi, cursi. Por fin llegó mi amigo, estacionó su bici en la banqueta y corrió a un Oxxo por una Coca, descansamos 10 minutos, el tiempo apremiaba, debíamos llegar antes de las dos de vuelta al Ángel.

Me adelanté de nuevo, la ruta era por calles paralelas a Reforma. Zona Rosa, ya no debía faltar mucho. Una vuelta más. El Ángel apareció y cada vez era más grande, era el KM 33. Llegué y tiré la bici. Mi amigo me alcanzó cinco minutos después. El reloj marcó las dos de la tarde y la realidad volvió. Los policías comenzaron a quitar los conos naranjas y los autos a aventarse contra los ciclistas. Una Explorer casi se estampa contra mi y un taxi contra mi amigo. Al estacionamiento llegamos a pie. Subimos las bicicletas al coche y nos fuimos.

En este momento el ácido láctico no me permite moverme, pero no puedo esperar al próximo domingo.


¡Feliz Navidá para todos!


Hoy fue un mal día porque…

  • Me levanté tarde,
  • El trole se descompuso a mitad del camino,
  • Estuve a punto de desmayarme en el metro,
  • Me corretearon por andar de fotógrafa urbana,
  • Me encontré a un ex y a su psicópata mujer,
  • Me cacharon en una conversación NSFW,
  • Un tipo me perseguía en la calle y seguramente no con buenas intenciones,
  • A mi MP3 se le acabó la batería antes de lo pensado y sufrí escuchando los cd’s de los vagoneros,
  • Hace frío pero también calor…

El Museo de la Locura.

Desde que se entra a la Casa Talavera te invade esa especie de estupor que sólo aparece cuando uno se enfrenta a la más espesa penumbra ignorando lo que hay alrededor. Es una casona antigua y tétrica (paisajes fantasmales se construyen sobre las jardineras de los patios, los pasillos son estrechos y los cuartos evocan celdas subterráneas) por demás derruida, acondicionada como centro de cultura.

No habría podido existir mejor escenario para El museo de la Locura, farsa tragicómica en 8 cuadros para percusiones, 4 pinturas y 6 cortometrajes, obra que, bajo la dirección de Andrés Campos, la compañía Medusa Teatro presenta desde el 7 de noviembre en ocasión de los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe pues está basada principalmente en el relato El sistema del Doctor Tarr y del profesor Fether y en algunos archivos del hospital psiquiátrico de la Castañeda aunque también echa mano de fragmentos de Hamlet (enfatizando la locura de Ofelia), de la historia de Juana de Arco (o Juana la loca) y una sátira de la Pasión de Cristo que culmina encarnando la Piedad.

El espectáculo empieza a partir de la primera llamada con un chico que logra sacar algunas notas a un chelo, a la segunda el público se encuentra totalmente abstraído por la quietud parcial de los personajes de pesadilla que han aparecido en el escenario… por fin dan la tercera y el primer cortometraje comienza a la par de la hasta entonces inexistente interacción entre actores y medios audiovisuales dando paso a la retroalimentación en el círculo comunicativo.

La historia, en resumidas cuentas, es la siguiente: el periodista francés Daniel Leconte llega a la ciudad de México con el interés particular de visitar el manicomio inaugurado por el presidente Díaz, del que todos hablan en Europa, e indagar los innovadores métodos que ahí se aplican como tratamiento para los internos. Gracias a un conocido con influencias logra ingresar al hospital y entrevistarse con el director de éste, el doctor Millán, quien además de darle un recorrido muy general por el lugar, lo invita a participar en la cena de esa noche a la que acudirán personalidades importantes dentro del mundo de la psiquiatría, con la finalidad de que pueda enterarse de las últimas novedades en los modernos procedimientos.

Sin embargo, desde el principio el señor Leconte se da cuenta de la peculiaridad del hospital. El personal médico y de servicio está integrado por seres excéntricos que bien podrían haber salido de el País de las Maravillas o cualquier película burtoniana; hombres y mujeres pálidos y contrahechos, con las más extrañas manías, actitudes, historias y vestimentas. Entre ellos se distinguen la señorita Salsafette, Eduwiges viuda del queso de Córdoba, mademoiselle Botella de Champagne y mis favoritos, el señor de las dos cabezas y mr. Wallace, el ingeniero tetera, sin restar méritos al resto de los 13 caracteres.

La mayor parte de la obra transcurre en la cena amenizada por estos “expertos en la materia” y sus discusiones sobre los problemas mentales, medicaciones, consentimientos y castigos de los pacientes reales.

Mientras las nubes corren y el cielo se oscurece gradualmente, el público proyecta una sensación de ansiedad y revulsión y se siente dentro del manicomio que cobra vida ante sus ojos, gracias al papel de la escasa iluminación, la musicalización perturbadora y a algunas imágenes turbulentas. En el guión, maravillosamente logrado, el humor negro se hace presente de principio a fin, conjugado con el erotismo con el que se juega en las escenas finales. El resultado se traduce en un excelente homenaje a Poe y una puesta en escena original, entretenida y que vale mucho la pena.

El único punto en contra es la capacidad tan limitada de la Casa Talavera, lo que para algunos representó un estado de incomodidad y falta de circulación sanguínea en las piernas.


Para usted, que desea regalarme algo esta Naviplastic…

… pero que no tiene la menor idea de qué me podría gustar y no se anima a preguntarme por pena o porque me quiere sorprender, he aquí una depurada lista de las cosas que pueden hacerme muy muy feliz:

  1. Libros: La muerte en el impreso mexicano – Mercurio López Casillas, Entre perros – Alejandro Almazán, El Terror – Arthur Machen, Six Feet Under y Aesthetics of Terror (los dos últimos conseguibles en la tienda del MUAC).
  2. Calendario 2010 de Maitena (aunque si a alguien se le ocurre ir a Roma en estas fechas, le encargo ese de los sacerdotes, a ver si sacaron la edición de este año).
  3. Una camarita lomo.
  4. Un Bob Patiño de peluche.
  5. Membresía de alguna alberca (techada, si no es mucho pedir).
  6. Un alebrije del mercado de artesanías de San Juan o de la Ciudadela.
  7. Una almohadita de camping para dormir cómoda en el metro/microbús/trolebús/metrobús.
  8. Un boleto para Dralion.
  9. Una máquina para hacer mi propio capuccino en las mañanas.
  10. Las temporadas completas de Epitafios y/o Capadocia.
  11. Un wii :D (se supone que era top ten pero no pude resistir la tentación).

Desde Ciudad Juárez con amor.

Acomodando mis revisteros me encontré con esto:


Olviden por un momento los titulares y enfóquense en la chica. ¿A poco no impresiona? Esta mujer, con la que jamás me pasaría por la cabeza tener un altercado, es la fantasía más recurrente de mi BF, aunque de sobra sé que no es el único que sueña húmedamente con una mujer con pistolas.

A lo largo de mi existencia he visto a cientos y cientos de hombres babear mientras miran absortos imágenes de Jordan O’Neil, Lara Croft, Leona Heidern, Ajedrez o en los últimos días Katrina Hodge (la única que pertenece al mundo real). Y nosotras no nos quedamos atrás. Por lo menos yo sí me emociono bien y bonito con los hombres enfundados en uniforme militar y/o de policía. Lástima que en México no tengamos mucho con que fantasear.

¿A qué se deberá la atracción hacia la gente de armas y uniformes? Una muy buena parte se lo debemos como siempre a la tv, al cine y a la publicidad pero, ¿y la otra? ¿tiene que ver algo el poder que otorga a una persona el portar un arma de fuego o un grado del ejército?

En lo que le pienso o busco alguna teoría que lo explique, alguien présteme una AK-47 ¿no?


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