No recuerdo cuándo fue la última vez salí a andar en bicicleta. Habrán pasado unos diez años por lo menos. De niña, aparte de nadar, me encantaba subirme a la bici y recorrer los parques, pedalear a toda velocidad, echar carreritas con mi hermano y sobre todo, sentir el viento en mi cara y alborotando mi cabello; algunas veces aquélla catársis terminó en una caída (aún tengo las cicatrices en mis rodillas) y muchas lágrimas, pero la solución llegó con un kit de rodilleras, coderas y casco que recibí como regalo en una fiesta de cumpleaños.
Sin embargo, con el paso del tiempo fui dejando todo eso de lado, supongo que hay varias razones: por un lado las competencias de natación me absorbieron por completo (después de cuatro horas de arduo entrenamiento diario las únicas ganas que quedan son las de descansar); por el otro, al ir creciendo y ya no poder ir al deportivo, resultaba vergonzoso conformarme con dar vueltas a lo largo de mi calle pues los autos que pasaban en la avenida siempre me intimidaron. Eso aunado a que un trágico día, algún desalmado abrió el sagúan de mi casa y se robó mi hermosa bicicleta. Ya no tuve ninguna otra, no quería otra, después de todo ya no la necesitaba; además siempre habría una de spinning que resultaba más práctica y sin los riesgos que uno corre con los automovilistas. Toda la emoción desapareció… hasta hoy.
Hace poco, entre pláticas alguien me comentó que acostumbraba patinar los domingos en la mañana sobre Reforma y que era la onda. También había ciclistas y gente corriendo. Me invitó y le dije que no. Extrañamente, la sola idea de volver a montar una bicicleta después de tantos años me revolvía el estómago y no quería ni pensar en toda la gente que seguramente iría. Otro punto en contra: domingo en la mañana. Generalmente suelo llegar a dormir el domingo en la mañana y los días que me quedo en casa aprovecho para descansar hasta tarde, así que nadie iba a convencerme de levantarme temprano. Pero como es costumbre en mí, los arrebatos me asaltan de pronto, olvidé todo lo anterior y hoy me dieron ganas de ir a andar en bici sobre Reforma.
Evidentemente no iba a ir sola, así que sonsaqué a mi mejor amigo para que me acompañara. Tomé prestada la bicicleta de mi hermano y la adecué a mi altura. Salimos de mi casa y llegamos hasta el metro Hidalgo en auto, lo estacionamos y bajamos las bicis. Al ver que tenía que cruzar la avenida y los autobuses que circulaban por ahí me dio vértigo, así que llegué caminando a la esquina donde empezaba el cierre a los carros. Me monté en la bicicleta; al principio me costó trabajo controlarla y pensé que todo lo que había aprendido se había esfumado, pero no tardé en empezar a correr. De nuevo apareció esa sensación que estuvo guardada durante años, otra vez la velocidad y el viento en mi cara.
La cantidad de gente era tal cómo yo había calculado, pero muy al contrario de lo que pensaba, cada quién respeta el espacio de los demás. Es genial ver a miles de ciclistas/patinadores/corredores de todas las edades compartiendo un mismo espacio en armonía en un país donde no existe la cultura del deporte y mucho menos, de sustituir los autos por las bicicletas.
Pedaleamos hasta llegar al Ángel y luego de regreso; me desvié hacia Av. Juárez y mi amigo me siguió. A pesar de que he recorrido esa avenida incontables ocasiones, me pareció completamente diferente. Seguimos hasta Madero, dimos vuelta en Bolívar hasta San Jerónimo y luego en Fray Servando. Ahí dejé de saber en dónde estaba hasta que pasamos por la ESEF, el Palacio de los Deportes y el Foro Sol.
Al frenar en un semáforo frente al metro Velódromo, calculé mal la distancia entre la acera y yo, me caí y recordé los raspones de mi niñez y cómo corría a los brazos de mi madre con los ojos llorosos y las rodillas sangrando en busca de un abrazo; pero esta vez no lloré, recogí la bicicleta, me volví a subir y seguí en el camino. En un abrir y cerrar de ojos estábamos dentro del Circuito Interior, ahora llamado Bicentenario y después de una hora más o menos, llegamos a Tlalpan. Lo supe cuando vi de lejos el CeNArt. Lo más difícil de todo fueron las subidas de los pasos a desnivel y los puentes del circuito, pues aunque mi condición es buena no es suficiente para poder llegar pedaleando. La batería de mi MP3 se terminó casi enfrente de la Cineteca a la par de que la cadena de mi bicicleta se aflojó, aunque mi amigo no tardó en repararla.
Bajamos por Constituyentes y volvieron los semáforos. Vuelta en Patriotismo. Pasé por enfrente de aquél lugar en el que pasé momentos extraordinarios que no se dejan enterrar. Mi amigo se había rezagado, así que me detuve en el kilómetro 29 enfrente de un letrero en LED’s que decía “Laura, te amo. Feliz 14 de febrero”; Cursi, cursi. Por fin llegó mi amigo, estacionó su bici en la banqueta y corrió a un Oxxo por una Coca, descansamos 10 minutos, el tiempo apremiaba, debíamos llegar antes de las dos de vuelta al Ángel.
Me adelanté de nuevo, la ruta era por calles paralelas a Reforma. Zona Rosa, ya no debía faltar mucho. Una vuelta más. El Ángel apareció y cada vez era más grande, era el KM 33. Llegué y tiré la bici. Mi amigo me alcanzó cinco minutos después. El reloj marcó las dos de la tarde y la realidad volvió. Los policías comenzaron a quitar los conos naranjas y los autos a aventarse contra los ciclistas. Una Explorer casi se estampa contra mi y un taxi contra mi amigo. Al estacionamiento llegamos a pie. Subimos las bicicletas al coche y nos fuimos.
En este momento el ácido láctico no me permite moverme, pero no puedo esperar al próximo domingo.